Mantener vínculos y redes de apoyo

¿Qué es el apego y qué papel juega en nuestra vida adulta?

Apego

Cuando hablamos de apego, es común suponer que hablamos de una especie de obsesión hacia alguien que queremos o de una idealización indebida. Sin embargo, esta idea que se ha popularizado hoy, poco o nada tiene que ver con la noción de “apego” que la psicología ha estudiado ampliamente. Aquí abordamos este tema esencial.

Dejando de lado ese uso coloquial, es importante comprender lo que realmente es el “apego” y su importancia en nuestra vida emocional adulta.

El apego es el vínculo afectivo que establece una persona, desde su infancia más temprana, con su cuidador principal (que suelen ser los padres). El apego sirve al niño para proporcionarle seguridad en su desarrollo psicológico y relacional, de modo que el desarrollo de su personalidad sea sano.

Este vínculo emocional se relacionará tanto con la forma como el niño tiene contacto con el ambiente físico (sistema exploratorio) como con su desarrollo relacional con otras personas (sistema afiliativo)

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¿Cuáles son los tipos de apego que existen y cómo influyen en nuestra vida adulta?

Según los planteamientos  sobre la “Teoría del apego” (desde Bowlby y Ainsworth, pasando por Feeney y Nooler, hasta Hazan y Shaver, etc.), la forma como se desarrolla este vínculo emocional es crucial en nuestro desarrollo psicosocial en la adultez

El apego tendrá, según los estudiosos, una influencia determinante en el tipo de vínculos afectivos que desarrollamos en nuestra juventud y adultez, incluyendo el vínculo de pareja, entre otros. Los siguientes son los cuatro estilos o tipos de apego planteados por los expertos: 

  1. Apego seguro: se caracteriza por una constante presencia de la madre (o cuidador principal). Es una relación de vínculo incondicional. Los niños con apego seguro se sienten mayormente aceptados, valorados y queridos, son activos, suelen explorar el entorno con confianza y seguridad. Aunque el niño presenta algún tipo de tensión o estrés en la ausencia del cuidador principal, se mantiene confiado en el retorno, dada la interacción sana del vínculo. Este tipo de apego favorece el reconocimiento de la angustia y de la búsqueda de apoyo. 

    En la adultez, esta persona conservaría una sensación positiva de sí mismo y de los demás, con una disposición adecuada a la interacción con otros y a involucrarse afectivamente. El reconocimiento de las emociones propias y la autorregulación suele estar presente. En situaciones de intimidad, estas personas suelen sentirse cómodas así como en momentos en que la autonomía es necesaria.
     
  2. Apego inseguro resistente (o ansioso – ambivalente): se caracteriza por una presencia inconstante en las conductas de cuidado por parte del cuidador. Los niños con apego ansioso se sienten queridos o valorados solo parcialmente y su exploración del entorno suele ser de tensión e insegura. El niño presenta una reacción de angustia exacerbada ante la ausencia del cuidador que no se relaja con el retorno de este, sino que se enfatiza: llanto, gritos y enfado, que son comunes cuando el cuidador intenta consolarlo. Este tipo de apego favorece una hipersensibilidad hacia todo tipo de emociones negativas. Ocho consejos para gestionar tus emociones.

    En la adultez, esta persona conserva una sensación ambivalente de sí misma y de los demás. Son menos dadas a la reflexión sobre las emociones propias. Conservan cierta aceptación de situaciones e intimidad, aunque experimentan un marcado temor al rechazo y duda constante frente al deseo o al afecto del otro, lo cual conlleva frecuentemente a la dependencia emocional
     
  3. Apego inseguro – evitativo: se caracteriza por la ausencia del cuidador principal. Los niños con apego evitativo se sienten poco valorados y queridos, con lo cual sufren, y su exploración del entorno es, en consecuencia, autosuficiente compulsiva. El niño con apego evitativo presenta un desinterés general y despreocupación ante la ausencia del cuidador, no llora sino que se interesa más, por ejemplo, en el entorno, y evitan el contexto relacional cercano. Esta conducta, en principio, se puede confundir con seguridad, pero es realmente fruto del estrés constante por la ausencia del cuidador, cuya activación es permanente. Este tipo de apego no favorece el reconocimiento del malestar emocional, sino una preferencia por la distancia emocional, inexpresividad afectiva y dificultad en la interacción íntima.

    En la adultez, esta persona conserva una noción de problemática autosuficiencia de sí misma y de desconfianza hacia los demás. Al confundir los mecanismos de adaptación causados por el abandono temprano del cuidador con autorrealización y autoconfianza, suelen no reparar en medios y esfuerzos para lograr estas condiciones, incluso renunciando a la interacción de intimidad. Se suele presentar un menosprecio por los lazos afectivos como un mecanismo de ajuste ante el sufrimiento primario encontrado en los otros.
     
  4. Apego desorganizado: es una amalgama entre el apego ansioso y el evitativo. Se caracteriza por una conducta negligente, inconstante e insegura por parte del cuidador. El niño con apego desorganizado puede puede sentirse despreciado y vulnerado, y la ausencia del cuidado puede representar conllevar al desinterés y a las conductas como la ira, reacciones explosivas y evitativas. El niño con un apego desordenado no encuentra la forma de gestionar emocionalmente las situaciones y, por lo general, presenta un desbordamiento emotivo de carácter negativo. 

    En la adultez, esta persona presenta conductas variables que oscilan entre una imagen negativa de sí misma con una carga importante de frustración o una imagen falsamente autónoma con una carga importante de disgusto e ira. Aunque se experimenta el deseo de intimidad con el otro, la desconfianza extrema respecto de sí mismo, el miedo al rechazo o la gran dependencia emocional hacen que eviten involucrarse emocionalmente. 

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¿Es posible reaprender o cambiar el tipo o estilo de apego?

La respuesta a esta pregunta es un contundente SÍ. Sí es posible favorecer otro tipo de interacciones en la vida adulta. Sí es posible ir modificando nuestros niveles de ajuste a relaciones.

En la medida en la que empecemos a ser conscientes de nuestra formación de estilos de apego desde la niñez y de los vínculos relacionales que estos ayudaron a que estableciéramos, en su evaluación y comprensión con otros actores, no solo nuestros cuidadores primarios, sino los posteriores como amigos, familia o pareja, empezaremos a reaprender y configurar nuevos estilos sanos de apego. 

¿Quieres reaprender o cambiar? Llámanos o escríbenos al 333 033 3588, uno de nuestros psicólogos está dispuesto a ayudarte.

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